Según lo que me ha contado mi madre, mi primera experiencia literaria fue a los pocos meses de nacer. Mi bisabuela Amalia, a la que yo llamaba “mamatita”, siempre me contaba el mismo cuento inventado por ella. A mí me encantaba, o mejor dicho me “chiflaba”. La historia trataba sobre dos princesas llamadas Amalia y Carlota, que somos mi hermana y yo, quienes vivíamos en un castillo mágico, y de camino al colegio, parábamos a charlar con las flores y animalitos y cada día participábamos en diversas aventuras.
Al cumplir los tres añitos, lo pasé realmente mal por la muerte de mi bisabuela. Porque nadie podía me contar mi cuento preferido. Yo era una niña muy inquieta, y si nadie me contaba aquel cuento, no era capaz de dormirme. Por lo que provoqué que los de mi alrededor tampoco lo hicieran.
Por lo tanto, mi madre tuvo que buscar una solución. Como mi bisabuela no estaba y nadie más se sabía aquel cuento más que yo, hice un pacto con ella. Por esa noche, le tuve que contar el cuento, y ella me decía que “mamatita” lo podía escuchar desde el cielo. Realmente, ahora me parece una tontería, pero con tres años me pareció genial. Así que eso hicimos, y de ese modo mi madre me pudo contar el cuento por las noches.
Ya cuando me hice más mayor, una noche en la que mi madre me estaba contando el cuento, me acordé de “mamatita” cuando me contaba el cuento, y me enfadé muchísimo con mi madre porque yo decía que el cuento no era como ella me lo contaba.
Desde entonces, no he vuelto a saber nada del cuento hasta hoy, que he vuelto a recordar aquel maravilloso cuento que mi bisabuela “mamatita” me contaba.